Categoría: BIBLIA

¿Podemos? Si te dejas ayudar por la misericordia de Dios

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Si en el domingo 28º del Tiempo Ordinario las lecturas nos indicaban que la verdadera sabiduría consiste en seguir a Cristo, las del domingo 29º (ciclo B) nos precisan que no es por nuestras propias fuerzas -como sugerían los apóstoles Santiago y Juan al responder: ¡podemos!- como seguimos a Cristo, sino por la misericordia de Dios. Cristo ha sufrido por nosotros para allanarnos ese camino. La misericordia en raras ocasiones (como fue la de los hermanos Cebedeos) vendrá a abajar nuestras ínfulas para recordarnos que solos no podemos nada, será más frecuente que venga a recordarnos que gracias a Él sí podemos.

Además, María es Madre de Misericordia y nos recuerda con su presencia que nos tiene en su regazo y que cuenta con que seamos sus intercesores, como en Guadalupe le dijo a San Juan Diego. Por cierto que en México el Año Jubilar Guadalupano ha terminado el 12 de octubre de 2021, mientras que en España el Año Jubilar Guadalupense (por caer el 6 de septiembre en domingo) se extenderá hasta el 10 de septiembre de 2022.

El padre Santi centra su comentario de hoy en lo que dice Jesús al final de que mandar es servir:

El padre Borre une ambos aspectos al afirmar que el verdadero poder es ayudar a los demás:

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El camino de la felicidad: seguir a Cristo (domingo 28 T.O., B)

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Lecturas del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (ciclo B). Cuadro: La moneda del César (1646) Antonio Arias Fernández, Museo del Prado.

Las lecturas de este domingo están unidas por la búsqueda de la felicidad, para la cual se nos presenta como el instrumento más adecuado la sabiduría (en la primera lectura, Libro de la Sabiduría 7,7-11: de paso podríamos recordar cómo Dios felicitó a Salomón porque lo que pidió fue sabiduría más que poder, riquezas o placeres).

A esa sabiduría se remite el Salmo 90 cuando pide a Dios que nos enseñe a aprovechar el tiempo (“calcular nuestros años”) y al decir “sácianos con tu amor” avanza un paso más al dejar claro que la sabiduría no es una mera contemplación de la verdad, sino alcanzar con la voluntad el bien (amor).

En la segunda lectura (Carta a los Hebreos 4,12-13) el famoso y enigmático texto de san Pablo sobre la Palabra viva de Dios como espada que discierne, en este caso tiene una explicación sencilla al apuntar hacia el texto del Evangelio, en el que Cristo, que es la Palabra de Dios hecha carne, que viene a enseñar al alma que quiere saber qué es lo bueno.

Por fin el Evangelio (San Marcos 10,17-30) nos presenta al joven que pregunta a Jesús por el camino del bien, para llegar más allá del punto que ha alcanzado ya al cumplir los mandamientos, en los que podríamos ver esa sabiduría que cualquiera puede alcanzar con la razón. Cuando Jesús le propone que se fíe completamente de Él siguiéndole, el joven no es capaz de renunciar a “lo suyo”. Como manifestación inmediata de no seguir el camino de la felicidad, aparece en el rostro del joven al que Cristo había manifestado su amor, la tristeza.

Menciono el comentario de este evangelio en los canales de dos sacerdotes que publican a diario breves explicaciones litúrgicas:

Padre Santi (Parroquia Sagrado Corazón de Talavera)

Padre Borre en Ilumina Más:

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Eva

El Plan B de Dios para hacernos felices (27º Domingo)

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Lecturas.

Génesis: Eva y el matrimonio.

Dios quiere hacernos felices, pero no a condición de seguir su plan, sino viniendo Él con nosotros, de ahí que nos acoja siendo niños. No pone la condición de que nos hagamos niños, porque ya lo somos. Él nos ha hecho capaces de seguir su plan y cuando nos hacemos incapaces viene Él a unirse a nosotros con su Plan B, la redención. Siempre quedamos libres para rechazarlo, pero no pensemos que es Él quien nos lo pone difícil.

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Volcán Cumbre Vieja

La verdad y el bien son la marca de Dios

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La verdad y el bien son la  marca de Dios, son inseparables de su Ser, de modo que el deseo de buscarlos constituye una prueba de su existencia, que Él mismo ha inscrito en el ser humano. Este puede ser el hilo conductor de las lecturas del XXVI Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B).

Tanto la primera lectura (Números, 11, 25-29) como el Evangelio (Marcos 9,38 y siguientes) nos presentan una situación similar, en la que alguien quiere impedir acciones “buenas” (profetizar o echar demonios) porque quienes las hacen no están con el grupo de los “buenos” (los que habían sido congregados por Moisés para repartir su espíritu: dos que estaban en la lista se quedaron en el campamento; los discípulos de Jesús: alguien actúa invocando su nombre, pero no va con él).

Estas lecturas no son una invitación a la “tolerancia”, sino a reconocer que la búsqueda de la verdad (profetizar) y la práctica del bien (echar demonios) son auténticos signos de la acción y presencia de Dios, aunque no se acompañen de otros signos visibles con los que queremos darnos la seguridad de “pertenecer a su grupo” o llevar su marca.

La tolerancia puede ser indiferencia o, incluso peor, negación del valor de la verdad y del bien, y por tanto de su necesidad y de la obligación de buscarlas: si negamos la huella, negamos al creador como fuente de toda verdad y bien, y la tolerancia se convierte en indiferencia ante el bien y el mal, donde solo importa la búsqueda de la comodidad para el propio yo. Eso es lo que condenan tanto el el salmo 18, que señala el orgullo como el peor de los pecados, como la segunda lectura, que señala las consecuencias del egoísmo de buscarse a sí mismo, hasta llegar al asesinato y aceptar cualquier crimen con tal de que no me afecte, en paradoja pues partíamos de esa tolerancia que aparece disfrazada de respeto.

El Evangelio, finalmente, nos da la clave para rechazar el mal y seguir el bien: no se trata de rechazar al otro, al diferente, pues queriendo corregir algo que parece malo (no va con nosotros), anularíamos el bien (echa demonios en nombre de Jesús), sino de identificar la raíz del mal en el propio yo, y su manifestación en el desprecio a los demás: frente al mal físico, que solo es aparente en el sentido de que no puede apagar la sed de verdad y bien y por tanto no nos cierra el camino a Dios, el mal moral sí separa de Dios y por tanto no cabe tolerancia respecto a él: en ese sentido se comprenden esas fuertes expresiones de que más vale la muerte más horrible (que, insisto, no nos impediría hacer el bien), que ser causa de que otros hagan el mal (escándalo) o el hacerlo uno mismo (de ahí que sería preferible haber perdido la capacidad de actuar, señalada por el gesto de cortarse la mano, el pie, arrancarse el ojo, que obviamente no tienen el sentido de hacernos un mal).

Descanso, pureza, justicia y alegría son otras expresiones usadas por el salmo para señalar el efecto de la búsqueda de la verdad y el bien, en definitiva, el deseo de felicidad inscrito en el alma humana que solo Dios puede saciar, como señalaba san Agustín en el comienzo de sus Confesiones:

Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti (I, 1, 1).

En este mismo sentido se entiende que santo Tomás de Aquino afirmara que “toda verdad, la diga quien la diga, viene del Espíritu Santo” (Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est, Sum. Theol., I-II, q. 109, a. 1 ad 1) o, en una anécdota más campechana, que me contaba hace unos días un sacerdote, que un muchacho de su colegio se acercara a ese profesor diciéndole: Los ateos, ¿podemos ir al Cielo? Incluso el que aún no encontrado a Dios, si es consciente de que está hecho para buscar un bien infinito, es “de los nuestros”, porque reconoce en sí la marca de Dios y está en camino de hallarle.

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Domingo de Pascua: Vivir con Cristo resucitado, clave del cristianismo

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Para un creyente, quizá una de las experiencias más sorprendentes sea la de observar que por mucho que se insista en la importancia de ir a misa los domingos, muchos cristianos no la comprendan y, en consecuencia no se sientan ni atraídos ni obligados ante tal evento. La explicación es que no se trata de algo que hay que comprender, sino de vivir con Cristo resucitado o, por el contrario, mirar a Cristo como un personaje del pasado.
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La alegría – IV Domingo de Cuaresma

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Cielo y alegría tienen sin duda mucho que ver entre sí. Y si en el II Domingo de Cuaresma la Iglesia quería dar sentido al sacrificio recordando que nos espera el Cielo, ahora de nuevo nos insiste en que el sufrimiento no debe provocarnos tristeza, sino que debemos dejarnos llenar por una alegría que, efectivamente, solo es plena tras la Resurrección.

Lecturas del IV Domingo de Cuaresma, llamado Laetare (alegráos, lo cual nos haría confundirlo con el III de Adviento, llamado gaudete, que sí hace referencia estricta a esa expresión usada por san Pablo: por eso se prefiere llamar a este domingo de la alegría).
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Cómo es el Cielo – II Domingo de Cuaresma – Creo en la vida eterna

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La Cuaresma no es un sufrimiento sin sentido, y por ello la Iglesia quiere que a mitad de camino hagamos un alto para pensar en el Cielo, y  por eso, en las LECTURAS DEL SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA (ciclo B) nos trae el relato de la Transfiguración, que nos sirve también para explicar la última afirmación del Credo: creo en la vida eterna: ¿qué es la vida eterna?
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La unidad de la Sagrada Escritura y la de la Iglesia

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La unidad de la Iglesia, y su carácter imperfecto en la tierra, se refleja y es comparable a la unidad que hay entre los textos y mensajes de la Biblia, según explica el padre José Antonio Fortea en su serie de vídeos sobre la Biblia.

En esta segunda entrada de la serie explica al principio los tres tipos de libros y al final la utilidad de la Biblia como instrumento vivo para pasar de la lectura a la reflexión, al diálogo con Dios y finalmente a la conversión y encuentro con Dios que solo es pleno en la vida eterna (al clicar se abre en el minuto 47 donde trata este tema):


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Domingo IV del Tiempo Ordinario (B): Jesús habla con autoridad

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Lecturas de este domingo. En el Deuteronomio (cap. 18) Dios anuncia que suscitará un profeta. El salmo 94 nos habla de no endurecer el corazón. En la Primera carta a los Corintios (cap. 7) san Pablo habla del “trato con el Señor” en distintas circunstancias de la vida, en el Aleluya (Mateo 4,16) se nos habla de la luz grande que brilló y en el Evangelio (Marcos 1, 21-28) la gente de Jerusalén opina sobre la autoridad de Jesús.


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La vocación y el tiempo ordinario: de Samuel a Juan y Andrés

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Pasada ya la primera semana del Tiempo Ordinario (ciclo B), cuyo domingo en realidad era el final del Tiempo de Navidad (Bautismo del Señor), entramos de lleno en este nuevo tiempo con un domingo cuyos textos nos hablan de vocación.

Samuel: de este episodio podemos resaltar que Dios nos habla siempre por medio de otros: nuestra vocación es en la Iglesia, y no por ello deja de implicar una relación personal con Dios. En la Iglesia discernimos la llamada, como Samuel consultó con Elí. Dios busca respuesta (salmo 39: llevo tu ley en mis entrañas).

Pablo: Nuestra vocación es sobrenatural. No estamos llamados a vivir solo en la carne, y por tanto a buscar los placeres corporales como si fueran nuestro fin: nada, tampoco la sexualidad, es intrascendente. Tenemos la capacidad de alcanzar el infinito, conocer y amar a Dios, pero no porque lo hayamos conquistado: somos invitados por Dios, por eso no nos pertenecemos.

Sobre la trascendencia -el cuerpo es para amar y Cristo es el verdadero amor de nuestra vida- habla el párroco de Simancas:

Dios tiene un plan y nos cambia el nombre: La relación es personal, de conocimiento (¿dónde vives?), afecto (Juan recuerda la hora) y seguimiento: venid y lo veréis; la misma expresión que había empleado Felipe al llamar -una vez más la figura del intermediario- a Natanael.

En esta predicación en inglés el párroco de Leigh-on-Sea (Essex, Inglaterra), Ft Kevin Hale, recuerda con palabras de san Juan Pablo II que la religión católica, Jesucristo, no es una idea, sino una persona, e insiste en que el encuentro con Él se realiza en la Misa, donde él renueva su entrega por nosotros, que nos espera en la Eucaristía.

Papa Francisco: Dios llama a la vida, a la fe y a un estado de vida.

La llamada es también un momento que se recuerda y que anima a invitar a otros al encuentro.

El tiempo ordinario nos recuerda que la llamada y la santidad no es para unos pocos privilegiados,sino para todos.

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