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Al César lo que es del César

Para ir al Cielo: servir a Dios y a los hombres; caridad

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En el día del DOMUND el Evangelio trae la famosa frase de “Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, que por cierto ya se puede usar como imperativo (dar en vez de dad). Será interesante no pasar por alto las otras lecturas, que nos hablan de que Dios llama a todos a la santidad, para relacionar las lecturas de este domingo con las del anterior (28º Domingo) y con el propio hecho del DOMUND.

29º DOMINGO del Tiempo Ordinario (ciclo A).

Si el domingo pasado la santidad, el Cielo, se comparaba a un banquete al que todos estamos invitados, hoy se nos explica más sobre cómo Dios nos llama:

Primera lectura: Is 45, 1. 4-6. Dios se sirve incluso de los que no le conocen (el emperador Ciro) para hacer llegar a todos su llamada: “aunque no me conoces, para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí”.

Dios llama a todos, y el para qué es darle gloria, nos lo dice el salmo (Sal 95, 1 y 3. 4-5. 7-8a. 9-10ac:

Porque es grande el Señor, y muy digno de alabanza…

(Quizá por esto ha sido elegido este domingo como el del DOMUND o estas lecturas para el que ya era domingo de las misiones.)

En la segunda lectura, san Pablo (1 Tes 1, 1-5) ya va concretando cómo se pone en práctica la respuesta a esa llamada: con las virtudes sobrenaturales: “sin cesar recordamos ante Dios, nuestro Padre, la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y la firmeza de vuestra esperanza en Jesucristo”.

El aleluya (Flp 2, 15d. 16a) nos recuerda que ese ejercicio de las virtudes influye en los demás: “Brilláis como lumbreras del mundo”.

Y el Evangelio (Mt 22, 15-21), que tradicionalmente se ha interpretado como si hubiera una tensión entre dos extremos -ser de Dios o ser del César- a equilibrar, probablemente sería mejor comprenderlo como las dos caras de una misma moneda que nos abre la puerta del Cielo, la caridad: amarás a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo; es imposible alcanzar la perfección individualmente, estamos atados por vínculos indisolubles a los demás. Por supuesto, cumplir las obligaciones sociales obliga a los cristianos a ser los mejores ciudadanos (y pagar impuestos), pero no nos limitamos a cumplir lo que exige el orden temporal, queremos para todos la felicidad eterna.

 

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Última Cena

El Cielo: la relación eterna y personal con Dios

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Después de tres semanas en que el Reino de los Cielos se ha comparado en las lecturas de la misa con una viña en la que Dios nos pide trabajar, las lecturas del 28º Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A) nos hablan de la plenitud en la relación de amor personal entre Dios y el hombre con la parábola de un banquete de bodas.

Primera lectura Isaías 25, 6-10: “Dios prepara un festín para todos los pueblos, aniquilará la muerte para siempre”. Luego el festín es eterno. “Celebremos y gocemos con su salvación”.

Salmo 22: Pero antes hay que pasar por la muerte: “Aunque camine por cañadas oscuras”, después nos prepara Dios la mesa frente a esos enemigos, el mal, del que nos librará. “Habitaré en la casa del Señor por años sin término”.

Segunda lectura, san Pablo a los Filipenses (4, 12-14 y 19-20). Todo lo puedo en aquel que me conforta; nuevamente la promesa de que “proveerá a todas vuestras necesidades” y de esa forma se dará a Dios gloria. A esa esperanza nos anima el aleluya (Cf. Ef. 1, 17-18), “para que comprendamos cuál es la esperanza a que nos llama”.

Y por fin el evangelio del banquete de boda, donde “muchos son los llamados, pero pocos los elegidos”. Mt 22, 1-14. Obviamente, los descartados lo son por su propia injusticia: hasta al más pobre se le pide que ponga todo su amor en esa relación en la que sabemos que todo es gracia al principio. Es una relación personal en la que no se entra “a mogollón”, a pesar de que pueda dar esa sensación la expresión del compelle intrare, obligad a entrar a todos. Pero no se entra sin más, es preciso ponerse un traje de bodas. No por ser para todos deja de ser solemne, si no queremos no hay relación, es quien no se pone un traje especial, quien no se esfuerza en darse, quien se está excluyendo.
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Museo del Prado, Lázaro y el rico Epulón Leandro Bassano, hacia 1570. Óleo sobre lienzo, 150 x 202 cm.

Lázaro y Epulón: el pobre conquista el Cielo (Tiempo ordinario, C, 26º domingo)

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Llevamos ya unas semanas meditando sobre pobreza y riqueza, sobre corazones entregados o divididos. En estas lecturas se nos presenta la necesidad de “hacerse pobre”; quizá para que no pensemos que uno nace rico o pobre y ya está predestinado a condenarse o salvarse y no puede cambiar su vida ni el mundo: como dice el Aleluya, Cristo, siendo rico se hizo pobre para enriquecernos a los demás (que, por cierto, repite el del domingo pasado).

Museo del Prado, Lázaro y el rico Epulón Leandro Bassano, hacia 1570. Óleo sobre lienzo, 150 x 202 cm.
Museo del Prado, Lázaro y el rico Epulón
Leandro Bassano, hacia 1570. Óleo sobre lienzo, 150 x 202 cm.

LEER LOS TEXTOS:

Profecía de Amós (Am 6, 1a, 4-7): ¡Ay de aquellos que se sienten seguros!

Salmo 146: El Señor endereza a los que ya se doblan.

Lectura de la primera carta de San Pablo a Timoteo (1 Tim 6, 11-16 ): Combate, conquista la vida eterna, guarda el mandato.

Aleluya (2 Co 8, 9): Jesucristo se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza.

Evangelio según San Lucas (Lc 16, 1-13), el pobre Lázaro y el rico (apodado tradicionalmente Epulón, que deriva del verbo latino epulor, festejar, cenar suntuosamente): recibiste bienes y él males, por eso tú eres atormentado y él consolado. Tus familiares: que escuchen a Moisés y los profetas. Seguir leyendo “Lázaro y Epulón: el pobre conquista el Cielo (Tiempo ordinario, C, 26º domingo)”

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