En Italia, o quizá solo en Roma, parece ser común que el Papa bendiga los anillos de boda, según se deduce de esta imagen que aparece en este vídeo: https://youtu.be/TBwH1mD50vU?t=128

Las bodas de Caná, el matrimonio y la alianza entre Dios y los hombres (2º Domingo T.O., ciclo C)

En Italia, o quizá solo en Roma, parece ser común que el Papa bendiga los anillos de boda, según se deduce de esta imagen que aparece en este vídeo: https://youtu.be/TBwH1mD50vU?t=128
En Italia, o quizá solo en Roma, parece ser común que el Papa bendiga los anillos de boda, según se deduce de esta imagen que aparece en este vídeo: https://youtu.be/TBwH1mD50vU?t=128

Los textos del segundo domingo del Tiempo Ordinario (ciclo C) tienen como centro el relato del milagro en las bodas de Caná.

La primera lectura, de Isaías (62, 1-5) nos deja claro que el matrimonio no es una institución humana, y mucho menos diabólica o enfrentada al plan de salvación (como pensaban los maniqueos y particularmente los cátaros albigenses): tu tierra tendrá un esposo; con esto anuncia Dios una alianza eterna, y que él mismo será el esposo, de ahí que ese sea uno de los nombres de Cristo.

En el salmo 96 se pide a toda la tierra que festeje la gloria de Dios, es una fiesta a la que estamos todos invitados, formamos todos una familia, de ahí que se pida que «aclamen al Señor, familias de los pueblos». No se trata de la victoria de unos que tienen ventaja sobre otros.

En la segunda lectura san Pablo (1ª Corintios 12, 4-11) deja claro que hay un bien común, pero no una receta para todos, sino un camino de santidad personal por el que el Espíritu Santo lleva a cada uno: aquí no se menciona el matrimonio, que será el camino habitual con el que las personas sirvan al bien común, sino precisamente ese hecho de que nos ayudamos unos a otros. El matrimonio no es una vocación «universal» en el sentido de que sea obligatoria, lo obligatorio es el servicio a la comunidad, al bien común.

Dentro del Evangelio de san Juan (2,1-11) hay muchas cosas que resaltar, en primer lugar, la presencia a un tiempo de la Virgen y de Jesús con sus discípulos: con esta presencia Cristo eleva al matrimonio al nivel de sacramento, resaltando al mismo tiempo que es una institución natural (instituida en la misma creación de la pareja humana), y por el hecho de que no es él quien «oficia» la ceremonia, podemos resaltar que los ministros del sacramento son los cónyuges.

Para comprender lo que significa la presencia de Cristo en Caná podemos decir que a Dios no solo no le parece mal que la gente se case -hasta el punto de que compara su relación con los hombres con el matrimonio- sino que al asistir a esa boda quiere hacer a los novios un regalo: y el regalo, la gracia de Dios, viene habitualmente en forma de sacramento: por eso quien se quiere amigo de Dios le invita a su boda, y Él les da el regalo de su presencia, y la gracia del sacramento con que les acompaña.

En el hecho de terminarse el vino antes del final de la boda podemos ver la presencia de la concupiscencia, en general el desgaste de todo lo humano. La intercesión universal de la Virgen es clara en su interpelación «no tienen vino» (así como su perspicacia de ama de casa), mientras que su ordenación a Cristo como único Salvador está clara en su consejo: «haced lo que Él os diga». En el amago de Jesús por zafarse podemos ver que Dios quiere que perseveremos en nuestras peticiones: es más, lo lógico es deducir que, antes que la Virgen, Cristo sabía que se acababa el vino, pero esperó a que la Virgen se lo pidiera para actuar. En la conversión del agua en un vino de gran calidad podemos ver cómo siempre Dios mejora sus propios planes y desde luego nuestras expectativas, que no se limita a reparar lo estropeado. En el hecho de que los discípulos creyeran en Jesús podemos ver la utilidad de los milagros en el plan de Dios.

Puedes repasar alguna de estas realidades en este Kahoot.

Frontal de Guils; finales s. XIII, Museo del Prado.

Solemnidad de Cristo Rey: un Reino de verdad y amor

El último domingo del año litúrgico, el que encabeza la semana XXXIV del Tiempo Ordinario (en este caso ciclo B), se celebra la solemnidad de Cristo Rey.

La primera lectura, del capítulo 7 del libro de Daniel, señala como características del reino del Hijo del Hombre que es eterno: no pasará. Esto se corresponde, como veremos, con lo que Jesús dice a Pilato de que su Reino no es de este mundo: no se refiere a que no esté en este mundo, sino a que no se limita a este mundo, no es caduco, no pasa, es un bien permanente, eterno, como lo es el Ser de Dios; también podremos relacionarlo, como veremos enseguida, con la eternidad como rasgo propio del alma humana.

El Salmo 93 vuelve a insistir en la eternidad del Reino, pero añade algo: «la santidad embellece tu casa». El Ser de Dios, su Reino, no se impone oprimiendo o poniendo límites, sino al contrario, se difunde como el bien que es posible compartir y comprender, de ahí la referencia a la belleza; elimina toda sombra de maldad, de ahí que se defina como santo.

De la segunda lectura, tomada del primer capítulo del Apocalipsis, resalto la frase que dice que «nos purificó e hizo de nosotros un Reino sacerdotal para Dios». No es un reino militar, que se impone por la violencia y domina un territorio, no es un reino económico, que extrae beneficios materiales, es sacerdotal primero porque está compuesto por nosotros mismos y porque consiste en una ofrenda: no son partes de nosotros, dinero o tiempo, sino toda el alma y todos sus actos los que pueden ser ofrecidos a Dios, y solo valemos en la medida en que estamos purificados, es decir hechos dignos de ser ofrenda, gracias a la ofrenda y el perdón logrados por Cristo con su Pasión y Resurrección.

Por último estamos ya en condiciones de comprender mejor lo que Cristo dice a Pilato según el relato del capítulo 18 del Evangelio de San Juan: soy Rey, doy testimonio de la verdad, el que es de la verdad, escucha mi voz. Buscar la verdad y seguirla es el esfuerzo que se nos pide: el Reino de Dios consiste en cierta violencia, en cierta purificación, pero no impuesta ni exterior, sino impulsada por la búsqueda de la verdad, movida por un amor que es respuesta al primer paso dado por Dios, y que rompe con lo que le lleva en dirección contraria.

Una devoción antigua y nueva: del Pantocrátor a los mártires del siglo XX

Cristo Rey aparece desde la antigüedad en la figura del Pantocrátor y en el Credo (su Reino no tendrá fin); además en el Padre nuestro nos queda claro que el Reino de Dios es el destino de nuestras almas en la Trinidad (venga a nosotros tu Reino), y por tanto si la Humanidad de Cristo es el camino, el Espíritu Santo es quien lo obra en nosotros. En occidente, desde el siglo XII se profundiza más en el misterio de la Pasión de Cristo, en su representación crucificado más que en su gloria, pero no es una negación de lo anterior, sino la consideración de que Dios reina desde la cruz (regnavit a ligno Deus): el arte románico incluye a Cristo en la cruz, aunque sigue siendo mayestático, y solo con el gótico aparece visiblemente el dolor de Cristo.

En la edad moderna, la devoción al Sagrado Corazón, que debe ser amado y adorado, impulsa también la de Cristo Rey, que solo en 1925 se concreta en la solemnidad que proclama con su primera encíclica Pío XI en 1925. Es una época de rebeliones antirreligiosas, después de una también profundamente inhumana Gran Guerra; y resulta profético tanto que empiece tratando este tema el Papa que condenará los totalitarismos en sucesivas encíclicas, como el hecho de que al año siguiente comience en México una persecución religiosa en 1926 que dará muerte a innumerables mártires (relacionados o no con el movimiento cristero), quienes manifestarán su disposición para sufrir cualquier mal antes que hacerlo, gritando «¡Viva Cristo Rey!», tanto en esa persecución como en la posterior de España (con martirios entre 1934 y 1939) y la causada por el nazismo (con martirios desde 1934 en Alemania, desde 1939 en Polonia y otros países).

Domingo 32 T.O. (B): Las dos viudas: Todo se lo debemos (dar) a Dios

Las lecturas del Domingo 32 del tiempo ordinario giran en torno a los casos de dos viudas a las que Dios parece pedir que renuncien a lo que necesitan en su vida, pero en realidad es que Dios quiere darse a nosotros, aunque hace falta fe para ver que salimos ganando por mucho que demos… Y es que no damos de lo nuestro, sino que caemos en la cuenta de que todo lo que tenemos es don de Dios y que damos fruto al «devolvérselo» a Dios voluntariamente: Dios no nos quita nada, nos quiere a nosotros pero no para quitarnos, es para que aceptemos el don de vivir con Él… De ahí que la segunda lectura insista en la perfección del sacerdocio de Cristo: no es alguien que nos pida un pago, es alguien que nos da más de lo que imaginamos.

La semana pasada vimos a Jesús exponer que hay que amar a Dios y al prójimo, hoy parece que nos explica cuáles son los obstáculos, o sea el mal que nos puede frenar en el camino: el poner primero al yo, en primer lugar están los obstáculos interiores, los escribas, la soberbia; y luego los obstáculos exteriores, representados aquí por la pobreza. No podemos esperar a que no haya inconvenientes para amar a Dios (en sí o en los demás). El ejemplo de las viudas puede verse hoy en el ejemplo de esa madre cuya hija murió atropellada y que tras asistirla animándola a ir al cielo en sus últimos instantes de vida fue a abrazar a la otra madre de familia, la que la había atropellado. Más tarde, ella y su marido escribieron esta carta.
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Shemá Israel: y al prójimo como a ti mismo

Las lecturas del XXXI Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B) dan un paso más sobre en qué consiste ese seguimiento de Cristo que el domingo anterior emprendió el ciego Bartimeo: se requiere la misericordia de Dios y la colaboración humana, y esta con todas las fuerzas, con todo el corazón, y de forma práctica, de modo que para amar a Dios, como prescribía la Shemá Israel, hay que amar al prójimo como a uno mismo. Cristo completa la enseñanza del Antiguo Testamento mostrando la otra cara de la moneda de la caridad.
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Bartimeo a Jesús: Señor, que vea; buscar, encontrar, ver y seguir

Domingo 30 del Tiempo Ordinario (ciclo B): Para seguir a Dios, primero hay que conocerle, verle: pero para verle, hay que querer, estar dispuesto a aceptar la verdad, con la misma insistencia con que el ciego Bartimeo gritó a Jesús que tuviera compasión de él, y despojándose de todo lo que le estorbaba para llegar a Jesús. Jesús quiere algo del hombre, que le sigamos, pero es tan discreto, tan respetuoso con nuestra libertad, que es Él quien pregunta: qué quieres que te haga.

Para conectar con las semanas anteriores, de nuevo es la misericordia lo que nos salva, como vimos en la semana 29, y ahora se nos descubre que debemos pedirla, buscarla con insistencia.

¿Podemos? Si te dejas ayudar por la misericordia de Dios

Si en el domingo 28º del Tiempo Ordinario las lecturas nos indicaban que la verdadera sabiduría consiste en seguir a Cristo, las del domingo 29º (ciclo B) nos precisan que no es por nuestras propias fuerzas -como sugerían los apóstoles Santiago y Juan al responder: ¡podemos!- como seguimos a Cristo, sino por la misericordia de Dios. Cristo ha sufrido por nosotros para allanarnos ese camino. La misericordia en raras ocasiones (como fue la de los hermanos Cebedeos) vendrá a abajar nuestras ínfulas para recordarnos que solos no podemos nada, será más frecuente que venga a recordarnos que gracias a Él sí podemos.
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El camino de la felicidad: seguir a Cristo (domingo 28 T.O., B)

Lecturas del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (ciclo B). Cuadro: La moneda del César (1646) Antonio Arias Fernández, Museo del Prado.

Las lecturas de este domingo están unidas por la búsqueda de la felicidad, para la cual se nos presenta como el instrumento más adecuado la sabiduría (en la primera lectura, Libro de la Sabiduría 7,7-11: de paso podríamos recordar cómo Dios felicitó a Salomón porque lo que pidió fue sabiduría más que poder, riquezas o placeres).
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Eva

El Plan B de Dios para hacernos felices (27º Domingo)

Lecturas.

Génesis: Eva y el matrimonio.

Dios quiere hacernos felices, pero no a condición de seguir su plan, sino viniendo Él con nosotros, de ahí que nos acoja siendo niños. No pone la condición de que nos hagamos niños, porque ya lo somos. Él nos ha hecho capaces de seguir su plan y cuando nos hacemos incapaces viene Él a unirse a nosotros con su Plan B, la redención. Siempre quedamos libres para rechazarlo, pero no pensemos que es Él quien nos lo pone difícil.

Volcán Cumbre Vieja

La verdad y el bien son la marca de Dios

La verdad y el bien son la  marca de Dios, son inseparables de su Ser, de modo que el deseo de buscarlos constituye una prueba de su existencia, que Él mismo ha inscrito en el ser humano. Este puede ser el hilo conductor de las lecturas del XXVI Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo B).

Tanto la primera lectura (Números, 11, 25-29) como el Evangelio (Marcos 9,38 y siguientes) nos presentan una situación similar, en la que alguien quiere impedir acciones «buenas» (profetizar o echar demonios) porque quienes las hacen no están con el grupo de los «buenos» (los que habían sido congregados por Moisés para repartir su espíritu: dos que estaban en la lista se quedaron en el campamento; los discípulos de Jesús: alguien actúa invocando su nombre, pero no va con él).
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